El negro hacía silencio, se rascaba la cabeza y cuando el espectador o el oyente estaba a punto de explotar él lanzaba su pregunta. Seguro era un planteo inteligente que obligaba a su interlocutor a pensar antes de hablar... y de nuevo el silencio.
Era un maestro en manejar silencio, eso que tanto les cuesta manejar a los periodistas y locutores que se aterran cuando se hace un bache. Hugo Guerrero Marthineitz atrapaba con sus silencios, con su voz grave y su carcajada desenfadada. Era imposible escucharlo en la radio y no detenerse.
Como esas ironías típicas que suele jugar el destino, este peruano parlanchín de pronto sintió que la vida le hacía un gran silencio. Habían pasado dos años sin que pueda pagar el alquiler de su departamento y salió a la calle a contar su verdad. Se refugió donde pudo y golpeó puertas para relatar algunas historias a quien se las abriera. Se llevaba $ 100 o $ 200 que le permitían gambetear el hambre.
Esta semana su cuerpo empezó a quejarse, flaco, demacrado, hambriento, encontró refugio en un neuropsiquiátrico de Belgrano R. donde la muerte lo invita a una última entrevista. A los 85 años, sigue peleando, en soledad y en silencio. LA GACETA ©